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El pasado 20 de octubre, Javier del Pino, en su programa A vivir que son dos días de la Cadena SER, entrevistó a Dolors Bramon, doctora en filología semítica y en historia medieval, con motivo de la publicación de su libro El islam hoy. Algunos aspectos controvertidos (Fragmenta Editorial, Barcelona, 2019).
 
En esta entrevista dejó muy claros muchos conceptos, como, por ejemplo, que no se puede hablar de un islam único, pues hay diferentes versiones de él; o, también, de lo que llamó el petrolislam, al hablar de la influencia de Arabia Saudí en una de sus modalidades.
 
Y no era baladí el abordar este tema cuando en la sociedad actual es asunto de permanente presencia en cualquier medio de comunicación o redes sociales. Solo Google aporta 784.000.000 de referencias si se le cuestiona por este término, islam.
 
El libro es un recopilatorio ordenado de una decena de artículos publicados por la autora; lo que le confiere un valor adicional, al permitir profundizar en aspectos dispersos sobre esta religión, especialmente aclarando conceptos que utilizamos habitualmente en unas acepciones que no se corresponden con su auténtica significación.
 
Trasreligión
 
En una introducción, la autora aclara, profusamente, tres o cuatro cuestiones que entiende fundamentales para lograr explicar y hacer comprender lo que pretende. La primera cuestión es la referida a las maneras de entender a Dios, término por el que siente predilección sobre el concepto de religiones, algo en lo que coincide con otros muchos autores que, incluso hoy, hablan de la época de la trasreligión.
 
De entrada, se refiere a la pluralidad del islam. “Uno de los malentendidos más usuales en todas partes es considerar el islam como un todo monolítico y no ver -o no poder ver y, a veces, no querer ver- su múltiple diversidad”.
 
Algo no extraño si se tiene en cuenta que el Corán no se puede cerrar en una lectura unívoca sino que precisa la interpretación personal de los fieles. A lo que se añade que muchos autores lo consideran una fuente de inspiración “que conduce hacia una nueva mentalidad capaz de guiar las opciones actuales sin dictarlas en sus detalles jurídicos”.
 
Una de las interpretaciones que requieren la atención de Bramon es la referida al neosalafismo, término más adecuado que salafiyya, que analiza filológicamente.
 
En sus inicios, la salafiyya pretendía contrarrestar el imperialismo occidental, la influencia de la misión cristiana y del orientalismo, el avance del sionismo y de la francmasonería, los establecimientos extranjeros dedicados a la educación y occidentalización de la cultura, etc.
 
Una postura que se fue radicalizando deviniendo en un islamismo tergiversador del islam. Entre estos grupos radicalizados se encuentra al-Qa’ida, así como Hezbolá y otros con diferentes denominaciones según sus promotores y lugares de actuación.
 
Para la autora, profunda conocedora del islam, cuando habla de islamismo hace alusión a las diversas y múltiples tergiversaciones del islam.
 
Y especifica: “En general, los islamistas reivindican una lectura de las fuentes doctrinales interpretadas con un inmovilismo que no tiene en cuenta el contexto en que fueron escritas ni las razones políticas -y no siempre religiosas- que las conservaron y establecieron como tales”. En cualquier caso, constituyen una minoría dentro del mundo del islam.
 
También dedica la autora varias páginas a analizar el mal llamado Estado Islámico, que no es ni un estado ni, como se ha pretendido, un califato, ni mucho menos puede ser considerado islámico, pues sus acciones son contrarias al islam.
 
La terminología no es inocente
 
Uniendo sus hondos conocimientos filológicos y del mundo de esta religión, aborda en otro artículo de su obra, el título Hablar de islam y hacerlo bien: la terminología no es inocente. Y tiene toda la razón: no lo es.
 
Islam suele traducirse por salvación, pero también hay quienes defienden que se debe de entender como sumisión. Lo cierto es que es una palabra polisémica, lo cual ha de tenerse presente cuando se habla de él.
 
La autora remite a tres aspectos a los que alude el término: 1) Se trata de una actitud vital; 2) “alude a una espiritualidad que cristaliza con el tiempo en tradición espiritual, o, si se quiere, religiosa”, con lo que admite que se le pueda estudiar desde diversos puntos de vista: teológico, histórico, sociológico, etc.; y 3) Hay que relacionarlo con una dimensión particular de esta espiritualidad.
 
A partir de aquí, Dolors Bramon se detiene en el análisis de las diferentes denominaciones que reciben los practicantes del islam, que responden a diversas maneras de entenderlo: ismaelitas, agarenos, sarracenos, muslimes, musulmanes.
 
Y es con esta última denominación como piensa que han de ser conocidos los fieles de esta religión: musulmanes. “El calificativo de musulmán deberá aplicarse, por tanto, a las personas que creen en la existencia de un solo dios y que lo entienden tal y como lo postula la doctrina del islam”. Y aboga por que el calificativo de islámico se reserve para referirse a las diferentes formas y expresiones culturales que los fieles del islam han producido y producen en tanto que tales.
 
Son varios los epígrafes que la autora aborda a lo largo de este segundo bloque de su libro: el nacimiento del islam, la incorrección del término mahometano, la revelación (el Corán), el árabe (geografía, lengua y cultura), moro y bereber, ramas del islam, islam e islamismos; el último de tales epígrafes se dedica a islamismos, en vez de fundamentalismo e integrismo.
 
Y explica sus razones: el término fundamentalismo proviene del ámbito protestante, mientras que integrismo lo hace del catolicismo, como se puede ver, expresiones ambas ajenas al islam; por lo que aboga por el uso de los términos islamismo e islamista para referirse a su radicalización.
 
Jihad
 
Jihad es una voz de frecuente presencia en medios de comunicación y redes sociales desde hace unos pocos años. Hasta su grafía con “j” en vez de con “y” despierta el interés de la autora. Pero no es esto lo importante, sino el significado que le atribuye: “Semánticamente significa ejercicio del máximo esfuerzo contra aquello que es reprobado”.
 
Y va más allá: la raíz árabe jhd figura treinta y cinco veces en el Corán y, en casi todas ellas, va seguida por la expresión “en la senda de Dios”, lo que para Bramon es un claro signo de un sentido sobre todo espiritual.
 
Sin embargo, hay muchos fieles que le han dado un sentido militarista, lo que supondría un esfuerzo aún no acabado y que tendría que proseguir hasta que todo el mundo y todas las personas aceptasen el islam; una interpretación rechazada por la autora quien afirma que los grupos islamistas que protagonizan acciones terroristas no están practicando tipo alguno de jihad.
 
Sharía
 
¿Y qué ocurre con la sharía? Explica Dolors Bramon de manera muy clara todo el proceso histórico para construir una ley de carácter universal para todos los fieles del islam, detallando las dificultades que entraña ese proceso, de las que no es la menor la interpretación diferente que puede hacerse de los textos legales.
 
Ese corpus legal, la sharía, no ha podido constituirse nunca como un todo acabado y completo, pues siempre se ha interpretado de manera diferente en según qué épocas y según en qué territorios; afirma la autora que “la sharía no puede ser considerada un código legal único a pesar de los intentos de lectura y de vigencia unívoca que algunos le están queriendo dar”. A nadie se le oculta que algunos sectores del islam más retrógrados reivindican la implantación universal de esta pretendida ley.
 
No escapa a nuestra memoria la recogida de firmas, en más de una ocasión, para evitar la lapidación de una mujer condenada por adulterio, en países musulmanes. La autora define claramente su postura: “el castigo por lapidación proviene, en realidad, del judaísmo y que quien lo aplica no sigue la doctrina del Corán, donde no hay ninguna referencia a este tipo de punición”. Desde luego, es muy importante y clarificadora la exposición que hace del tema, del que aporta algunos ejemplos, deteniéndose, de manera especial, en la teoría del feto dormido.
 
También es frecuente leer que quienes se inmolan en alguna acción terrorista, usan como argumento para justificar su acto, la promesa de un más allá donde les aguardan hermosas y complacientes huríes.
 
Dolors Bramon explica que, pese a que el Corán usa el género femenino para referirse a ellas, no se trata de mujeres de este mundo; por otro lado, cuando se trata de fieles femeninas, la promesa para la vida después de la vida es la de un marido para cada una de ellas. Pero destaca su carácter metafórico, ya que el auténtico premio reservado a los creyentes en su vida futura será el goce eterno de la visión de Dios.


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Mujeres en el islam
 
¿Y qué decir sobre la mujer en el islam? El Corán deja claro que la predicación del islam constituyó un hecho revolucionario y, más concretamente, en lo referido a las mujeres.
 
Para ellas, supuso una serie de cambios en diversos ámbitos. Por ejemplo, en considerar la igualdad espiritual entre hombres y mujeres; en el derecho a la vida, en contra de la tradición anterior que permitía enterrar vivas a las niñas cuando ya existían suficientes para la supervivencia de la población; en mejoras económicas, como sucede con las herencias, donde las mujeres pasaron de ser objeto de ellas a ser sujetos; mejoras sociales, limitando la poligamia y el repudio.
 
Todo ello parece estar en contradicción con lo que ocurre en países musulmanes en los que la mujer carece de iguales derechos que los hombres; pero esto no es debido al islam, puesto que afecta a las mujeres musulmanas y a las que no lo son.
 
Abundando en este asunto, cabe acercarnos a la violencia de género desde el punto de vista del islam. No cabe duda de que el Corán hace referencia a un castigo gradual a la mujer: amonestación, riña, advertencia, dejarla sola en el lecho y, finalmente, si no hay más remedio, pegarle.
 
Pero hay que tener en cuenta que este proceso se plantea en un momento de la historia en el que la violencia contra la mujer era diaria. Hoy en día, la cuestión es otra. Porque el Corán, como defiende la autora, ha de considerarse como una obra global, de la que no se pueden extraer fragmentos aisladamente y es preciso buscar en el libro sagrado unos valores, no unas reglas.
 
Sexo como gratitud
 
No se aleja Dolors Bramon de los temas relacionados con la mujer. A ella dedica un nuevo epígrafe de su libro: La sexualidad, el derecho a escoger marido, la dote y la maternidad. El Corán recomienda que sus fieles se casen, concibiendo el matrimonio como una manera lícita de satisfacer el deseo sexual y como forma de perpetuar y aumentar la comunidad de musulmanes.
 
En cuanto a la sexualidad, la visión islámica la considera encaminada a la satisfacción y no a la abstinencia, y su ejercicio es un acto de gratitud a Dios que la concede y permite. Por otra parte, las musulmanas, afirma la autora, tienen derecho a escoger su marido, aunque es un derecho no siempre respetado.
 
De otro lado, el Corán instituye la dote como un derecho legítimo de las esposas. Y, en cuanto a la maternidad, el islam ha considerado tradicionalmente a la mujer como un capital biológico que no está permitido dejar improductivo, aunque no todos los métodos para lograr un embarazo están aceptados.
 
Solo un credo
 
Del mayor interés son las reflexiones que plantea Dolors Bramon en torno a Europa y el Mediterráneo islámico, pues considera que es necesario reconsiderar las ideas que circulan mayoritariamente en Occidente sobre el islam y aquellas que tienen muchos musulmanes sobre Occidente.
 
Lo mismo que no se puede hablar de un Occidente homogéneo, tampoco se puede hacerlo sobre el islam. Se tiende a considerarlo una cultura, cuando la realidad es que se trata de un credo que no se ha convertido en cultura sino en determinados casos y entre élites concretas.
 
Por otra parte, la autora cree que es posible definir los rasgos característicos de una civilización que pueda denominarse islámica, una civilización que, por supuesto, no puede simplificarse ni esquematizarse.
 
Hay que tener presente que las prescripciones religiosas del credo islámico establecieron normas de conducta que generaron nuevas costumbres y un modelo generalizado de comportamiento; todo lo cual contribuyó a determinar una civilización y una cultura que se suelen considerar propias y definitorias del mundo del islam.
 
Y es precisamente la oposición desde Occidente a los modernizadores de aquellas categorías, la que ha impedido que el mundo del islam pasara a fases plenamente democráticas; y es justamente desde ahí desde donde se ha levantado el espectro del triunfo de los islamismos, posibilitando una confrontación de civilizaciones  “que sería más correcto entender como un choque de incivilizados. En otras palabras, el choque no es entre Occidente y el islam, sino entre secularismo y fundamentalismo, sea este judío, cristiano o islámico”.
 
Pero aún va más allá la autora cuando plantea por qué no una civilización islamocristiana, aunque es un objetivo que parece inviable cuando se ha hablado tanto y tan alegremente del choque de civilizaciones.
 
Diálogo constructivo
 
No se puede dudar de la enorme utilidad de este libro. Su capacidad para explicar muchos de los aspectos tan controvertidos de una religión, de una civilización y de una cultura, tan cercanas físicamente pero tan alejadas culturalmente de nuestras posturas sociales, lo convierte en una excelente herramienta para centrar y aclarar cuestiones muy importantes en nuestras relaciones; nos capacita para entender mejor el mundo del islam, con lo que nos dispone para el diálogo constructivo que se impone.
 
El lenguaje de la obra es accesible, lo que facilita su lectura, bien de manera progresiva, bien seleccionando los capítulos que más reclamen nuestro interés.
 
Cuenta, además, con una amplísima documentación de carácter histórico y de las propuestas de los más destacados intelectuales y pensadores del mundo del islam, tanto hombres como mujeres.
 
Es, pues, una obra merecedora de una atenta lectura y de figurar entre los libros de consulta para una mejor comprensión del mundo del islam.

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